sábado, 15 de junio de 2013

Entrevista a Zygmunt Bauman: Un mundo nuevo y cruel




How to spend it.... Cómo gastarlo.  Ese es el nombre de un suplemento del diario británico Financial Times. Ricos y poderosos lo leen para saber qué hacer con el dinero que les sobra. Constituyen una pequeña parte de un mundo distanciado por una frontera infranqueable. En ese suplemento alguien escribió que en un mundo en el que "cualquiera" se puede permitir un auto de lujo, aquellos que apuntan realmente alto "no tienen otra opción que ir a por uno mejor..." Esta cosmovisión le sirvió a Zygmunt Bauman para teorizar sobre cuestiones imprescindibles y así intentar comprender esta era. La idea de felicidad, el mundo que está resurgiendo después de la crisis, seguridad versus libertad, son algunas de sus preocupaciones actuales y que explica en sus recientes libros: Múltiples culturas, una sola humanidad (Katz editores) y El arte de la vida (Paidós). "No es posible ser realmente libre si no se tiene seguridad, y la verdadera seguridad implica a su vez la libertad", sostiene desde Inglaterra por escrito.

Bauman nació en Polonia, pero se fue expulsado por el antisemitismo en los 50 y recaló en los 60 en Gran Bretaña. Hoy es profesor emérito de la Universidad de Leeds. Estudió las estratificaciones sociales y las relacionó con el desarrollo del movimiento obrero. Después analizó y criticó la modernidad y dio un diagnóstico pesimista de la sociedad. Ya en los 90 teorizó acerca de un modo diferente de enfocar el debate cuestionador sobre la modernidad. Ya no se trata de modernidad versus posmodernidad sino del pasaje de una modernidad "sólida" hacia otra "líquida". Al mismo tiempo y hasta el presente se ocupó de la convivencia de los "diferentes", los "residuos humanos" de la globalización: emigrantes, refugiados, parias, pobres todos. Sobre este mundo cruel y desigual versó este diálogo con Bauman.

Uno de sus nuevos libros se llama Múltiples culturas, una sola humanidad  ¿Hay en este concepto una visión "optimista" del mundo de hoy?

Ni optimista ni pesimista... Es sólo una evaluación sobria del desafío que enfrentamos en el umbral del siglo XXI. Ahora todos estamos interconectados y somos interdependientes. Lo que pasa en un lugar del globo tiene impacto en todos los demás, pero esa condición que compartimos se traduce y se reprocesa en miles de lenguas, de estilos culturales, de depósitos de memoria. No es probable que nuestra interdependencia redunde en una uniformidad cultural. Es por eso que el desafío que enfrentamos es que estamos todos, por así decirlo, en el mismo barco; tenemos un destino común y nuestra supervivencia depende de si cooperamos o luchamos entre nosotros. De todos modos, a veces diferimos mucho en algunos aspectos vitales. Tenemos que desarrollar, aprender y practicar el arte de vivir con diferencias, el arte de cooperar sin que los cooperadores pierdan su identidad, a beneficiarnos unos de otros no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias.

Es paradójico, pero mientras se exalta el libre tránsito de mercancías, se fortalecen y construyen fronteras y muros. ¿Cómo se sobrevive a esta tensión?

Eso sólo parece ser una paradoja. En realidad, esa contradicción era algo esperable en un planeta donde las potencias que determinan nuestra vida, condiciones y perspectivas son globales, pueden ignorar las fronteras y las leyes del estado, mientras que la mayor parte de los instrumentos políticos sigue siendo local y de una completa inadecuación para las enormes tareas a abordar. Fortificar las viejas fronteras y trazar otras nuevas, tratar de separarnos a "nosotros" de "ellos", son reacciones naturales, si bien desesperadas, a esa discrepancia. Si esas reacciones son tan eficaces como vehementes es otra cuestión. Las soberanías locales territoriales van a seguir desgastándose en este mundo en rápida globalización.

Hay escenas comunes en Ciudad de México, San Pablo, Buenos Aires: de un lado villas miseria; del otro, barrios cerrados. Pobres de un lado, ricos del otro. ¿Quiénes quedan en el medio?

¿Por qué se limita a las ciudades latinoamericanas? La misma tendencia prevalece en todos los continentes. Se trata de otro intento desesperado de separarse de la vida incierta, desigual, difícil y caótica de "afuera". Pero las vallas tienen dos lados. Dividen el espacio en un "adentro" y un "afuera", pero el "adentro" para la gente que vive de un lado del cerco es el "afuera" para los que están del otro lado. Cercarse en una "comunidad cerrada" no puede sino significar también excluir a todos los demás de los lugares dignos, agradables y seguros, y encerrarlos en sus barrios pobres. En las grandes ciudades, el espacio se divide en "comunidades cerradas" (guetos voluntarios) y "barrios miserables" (guetos involuntarios). El resto de la población lleva una incómoda existencia entre esos dos extremos, soñando con acceder a los guetos voluntarios y temiendo caer en los involuntarios.

¿Por qué se cree que el mundo de hoy padece una inseguridad sin precedentes? ¿En otras eras se vivía con mayor seguridad?

Cada época y cada tipo de sociedad tiene sus propios problemas específicos y sus pesadillas, y crea sus propias estratagemas para manejar sus propios miedos y angustias. En nuestra época, la angustia aterradora y paralizante tiene sus raíces en la fluidez, la fragilidad y la inevitable incertidumbre de la posición y las perspectivas sociales. Por un lado, se proclama el libre acceso a todas las opciones imaginables (de ahí las depresiones y la autocondena: debo tener algún problema si no consigo lo que otros lograron); por otro lado, todo lo que ya se ganó y se obtuvo es nuestro "hasta nuevo aviso" y podría retirársenos y negársenos en cualquier momento. La angustia resultante permanecería con nosotros mientras la "liquidez" siga siendo la característica de la sociedad. Nuestros abuelos lucharon con valentía por la libertad. Nosotros parecemos cada vez más preocupados por nuestra seguridad personal... Todo indica que estamos dispuestos a entregar parte de la libertad que tanto costó a cambio de mayor seguridad.

Esto nos llevaría a otra paradoja. ¿Cómo maneja la sociedad moderna la falta de seguridad que ella misma produce?

Por medio de todo tipo de estratagemas, en su mayor parte a través de sustitutos. Uno de los más habituales es el desplazamiento/trasplante del terror a la globalización inaccesible, caótica, descontrolada e impredecible a sus productos: inmigrantes, refugiados, personas que piden asilo. Otro instrumento es el que proporcionan las llamadas "comunidades cerradas" fortificadas contra extraños, merodeadores y mendigos, si bien son incapaces de detener o desviar las fuerzas que son responsables del debilitamiento de nuestra autoestima y actitud social, que amenazan con destruir. En líneas más generales: las estratagemas más extendidas se reducen a la sustitución de preocupaciones sobre la seguridad del cuerpo y la propiedad por preocupaciones sobre la seguridad individual y colectiva sustentada o negada en términos sociales.

¿Hay futuro? ¿Se puede pensarlo? ¿Existe en el imaginario de los jóvenes?

El filósofo británico John Gray destacó que "los gobiernos de los estados soberanos no saben de antemano cómo van a reaccionar los mercados (...) Los gobiernos nacionales en la década de 1990 vuelan a ciegas." Gray no estima que el futuro suponga una situación muy diferente. Al igual que en el pasado, podemos esperar "una sucesión de contingencias, catástrofes y pasos ocasionales por la paz y la civilización", todos ellos, permítame agregar, inesperados, imprevisibles y por lo general con víctimas y beneficiarios sin conciencia ni preparación. Hay muchos indicios de que, a diferencia de sus padres y abuelos, los jóvenes tienden a abandonar la concepción "cíclica" y "lineal" del tiempo y a volver a un modelo "puntillista": el tiempo se pulveriza en una serie desordenada de "momentos", cada uno de los cuales se vive solo, tiene un valor que puede desvanecerse con la llegada del momento siguiente y tiene poca relación con el pasado y con el futuro. Como la fluidez endémica de las condiciones tiene la mala costumbre de cambiar sin previo aviso, la atención tiende a concentrarse en aprovechar al máximo el momento actual en lugar de preocuparse por sus posibles consecuencias a largo plazo. Cada punto del tiempo, por más efímero que sea, puede resultar otro "big bang", pero no hay forma de saber qué punto con anticipación, de modo que, por las dudas, hay que explorar cada uno a fondo.

Es una época en la que los miedos tienen un papel destacado. ¿Cuáles son los principales temores que trae este presente?

Creo que las características más destacadas de los miedos contemporáneos son su naturaleza diseminada, la subdefinición y la subdeterminación, características que tienden a aparecer en los períodos de lo que puede llamarse un "interregno". Antonio Gramsci escribió en Cuadernos de la cárcel lo siguiente: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos". Gramsci dio al término "interregno" un significado que abarcó un espectro más amplio del orden social, político y legal, al tiempo que profundizaba en la situación sociocultural; o más bien, tomando la memorable definición de Lenin de la "situación revolucionaria" como la situación en la que los gobernantes ya no pueden gobernar mientras que los gobernados ya no quieren ser gobernados, separó la idea de "interregno" de su habitual asociación con el interludio de la trasmisión (acostumbrada) del poder hereditario o elegido, y lo asoció a las situaciones extraordinarias en las que el marco legal existente del orden social pierde fuerza y ya no puede mantenerse, mientras que un marco nuevo, a la medida de las nuevas condiciones que hicieron inútil el marco anterior, está aún en una etapa de creación, no se lo terminó de estructurar o no tiene la fuerza suficiente para que se lo instale.

Propongo reconocer la situación planetaria actual como un caso de interregno. De hecho, tal como postuló Gramsci, "lo viejo está muriendo". El viejo orden que hasta hace poco se basaba en un principio igualmente "trinitario" de territorio, estado y nación como clave de la distribución planetaria de soberanía, y en un poder que parecía vinculado para siempre a la política del estado-nación territorial como su único agente operativo, ahora está muriendo. La soberanía ya no está ligada a los elementos de las entidades y el principio trinitario; como máximo está vinculada a los mismos pero de forma laxa y en proporciones mucho más reducidas en dimensiones y contenidos. La presunta unión indisoluble de poder y política, por otro lado, está terminando con perspectivas de divorcio.

 La soberanía está sin ancla y en flotación libre. Los estados-nación se encuentran en situación de compartir la compañía conflictiva de aspirantes a, o presuntos sujetos soberanos siempre en pugna y competencia, con entidades que evaden con éxito la aplicación del hasta entonces principio trinitario obligatorio de asignación, y con demasiada frecuencia ignorando de manera explícita o socavando de forma furtiva sus objetos designados. Un número cada vez mayor de competidores por la soberanía ya excede, si no de forma individual sin duda de forma colectiva, el poder de un estado-nación medio (las compañías comerciales, industriales y financieras multinacionales ya constituyen, según Gray, "alrededor de la tercera parte de la producción mundial y los dos tercios del comercio mundial").

La "modernidad líquida", como un tiempo donde las relaciones sociales, económicas, discurren como un fluido que no puede conservar la forma adquirida en cada momento, ¿tiene fin?

Es difícil contestar esa pregunta, no sólo porque el futuro es impredecible, sino debido al "interregno" que mencioné antes, un lapso en el que virtualmente todo puede pasar pero nada puede hacerse con plena seguridad y certeza de éxito. En nuestros tiempos, la gran pregunta no es "¿qué hace falta hacer?", sino "¿quién puede hacerlo?" En la actualidad hay una creciente separación, que se acerca de forma alarmante al divorcio, entre poder y política, los dos socios aparentemente inseparables que durante los dos últimos siglos residieron –o creyeron y exigieron residir– en el estado nación territorial. Esa separación ya derivó en el desajuste entre las instituciones del poder y las de la política. El poder desapareció del nivel del estado nación y se instaló en el "espacio de flujos" libre de política, dejando a la política oculta como antes en la morada que se compartía y que ahora descendió al "espacio de lugares". El creciente volumen de poder que importa ya se hizo global. La política, sin embargo, siguió siendo tan local como antes. Por lo tanto, los poderes más relevantes permanecen fuera del alcance de las instituciones políticas existentes, mientras que el marco de maniobra de la política interna sigue reduciéndose. La situación planetaria enfrenta ahora el desafío de asambleas ad hoc de poderes discordantes que el control político no limita debido a que las instituciones políticas existentes tienen cada vez menos poder. Estas se ven, por lo tanto, obligadas a limitar de forma drástica sus ambiciones y a "transferir" o "tercerizar" la creciente cantidad de funciones que tradicionalmente se confiaba a los gobiernos nacionales a organizaciones no políticas. La reducción de la esfera política se autoalimenta, así como la pérdida de relevancia de los sucesivos segmentos de la política nacional redunda en el desgaste del interés de los ciudadanos por la política institucionalizada y en la extendida tendencia a reemplazarla con una política de "flotación libre", notable por su carácter expeditivo, pero también por su cortoplacismo, reducción a un único tema, fragilidad y resistencia a la institucionalización.

¿Cree que esta crisis global que estamos padeciendo puede generar un nuevo mundo, o al menos un poco diferente?


Hasta ahora, la reacción a la "crisis del crédito", si bien impresionante y hasta revolucionaria, es "más de lo mismo", con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa no estén aún del todo agotadas: un esfuerzo por recapitalizar a quienes prestan dinero y por hacer que sus deudores vuelvan a ser confiables para el crédito, de modo tal que el negocio de prestar y de tomar crédito, de seguir endeudándose, puedan volver a lo "habitual". El estado benefactor para los ricos volvió a los salones de exposición, para lo cual se lo sacó de las dependencias de servicio a las que se había relegado temporalmente sus oficinas para evitar comparaciones envidiosas.

Pero hay individuos que padecen las consecuencias de esta crisis de los que poco se habla. Los protagonistas visibles son los bancos, las empresas...

Lo que se olvida alegremente (y de forma estúpida) en esa ocasión es que la naturaleza del sufrimiento humano está determinada por la forma en que las personas viven. El dolor que en la actualidad se lamenta, al igual que todo mal social, tiene profundas raíces en la forma de vida que aprendimos, en nuestro hábito de buscar crédito para el consumo. Vivir del crédito es algo adictivo, más que casi o todas las drogas, y sin duda más adictivo que otros tranquilizantes que se ofrecen, y décadas de generoso suministro de una droga no pueden sino derivar en shock y conmoción cuando la provisión se detiene o disminuye. Ahora nos proponen la salida aparentemente fácil del shock que padecen tanto los drogadictos como los vendedores de drogas: la reanudación del suministro de drogas. Hasta ahora no hay muchos indicios de que nos estemos acercando a las raíces del problema. En el momento en que se lo detuvo ya al borde del precipicio mediante la inyección de "dinero de los contribuyentes", el banco TSB Lloyds empezó a presionar al Tesoro para que destinara parte del paquete de ahorro a los dividendos de los accionistas. A pesar de la indignación oficial, el banco procedió impasible a pagar bonificaciones cuyo monto obsceno llevó al desastre a los bancos y sus clientes. Por más impresionantes que sean las medidas que los gobiernos ya tomaron, planificaron o anunciaron, todas apuntan a "recapitalizar" los bancos y permitirles volver a la "actividad normal": en otras palabras, a la actividad que fue la principal responsable de la crisis actual. Si los deudores no pudieron pagar los intereses de la orgía de consumo que el banco inspiró y alentó, tal vez se los pueda inducir/obligar a hacerlo por medio de impuestos pagados al estado. Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad de consumo y crédito. La "vuelta a la normalidad" anuncia una vuelta a las vías malas y siempre peligrosas. De todos modos todavía no llegamos al punto en que no hay vuelta atrás; aún hay tiempo (poco) de reflexionar y cambiar de camino; todavía podemos convertir el shock y la conmoción en algo beneficioso para nosotros y para nuestros hijos.

lunes, 10 de junio de 2013

Entrevista a Christian Arnsperger: "El Capitalismo es un lugar existencial"




Original interpretación del profesor de economía y filósofo belga, CHRISTIAN ARNSPERGER. Asegura que las soluciones a los problemas de las sociedades contemporáneas no son económicas y que la socialdemocracia necesita de un paso superador, antropológico y espiritual.

"¿Qué es lo que para nuestra desesperación, mantiene y refuerza el funcionamiento de esta economía de la que denunciamos su horror, su irracionalidad?”, se pregunta el belga Christian Arnsperger en su libro Crítica de la existencia capitalista.

El teórico se especializa en la filosofía de la economía y es docente e investigador en la Universidad de Lovaina, en su país. De visita en Buenos Aires para brindar una serie de charlas, Arnsperger dialogó con Crítica de la Argentina.

– ¿Por qué dice ud. que “las vías de salida más pertinentes para la economía capitalista no son económicas sino existenciales”?

–Porque creo que en la economía capitalista es donde se juega el sentido de la vida de la gente. Es un lugar existencial por naturaleza, y si sólo tratamos de regular, moralizar o humanizar el capitalismo con medidas económicas o legales no va a funcionar, porque estamos atrapados dentro de una lógica que nos hace creer que el sentido de nuestra vida se da ahí. Los cambios deben ser sostenidos por cambios antropológicos, filosóficos y culturales muy profundos, ya que no es suficiente con cambiar unos parámetros de la economía capitalista. Creo que la socialdemocracia es una experimentación importante, pero no alcanza.

–¿Falta un paso superador?

–Sí, porque lo que pasa es que si no hay cambio antropológico y espiritual profundo, estamos ante una combinación poco estable porque la lógica del capitalismo siempre tiende a deshacer lo que se logró con el Estado de bienestar.

–¿Por qué eligió el nivel individual antes que el social?

–El libro se concentra en el individuo, pero no digo que la política o el activismo clásico no tengan un rol. Lo que creo es que hay que trabajar más en todo lo que la posmodernidad ha dejado de lado, que es el problema de la autocrítica del sujeto: la autocrítica normativa y también existencial. Esto aparece como un desequilibrio entre lo político y lo personal, ya que lo personal está como atrofiado en nuestra época, y creo que en ese nivel es donde se ubica la crítica más fuerte al capitalismo hoy y no en el nivel sistémico.

–¿Por qué dice que las políticas sociales y económicas son ineficaces para luchar contra el sistema capitalista?

–Creo que no son arreglos estables porque lo que pasa con la democracia es que la gente que más gana en el sistema de mercado cuando pueda tratará de deshacer lo que logró el Estado de bienestar. El giro neoliberal de los 80 tiene su causa principal en eso: era el momento en el que las clases más poderosas y ricas tuvieron la ocasión de frenar el avance de la socialización y la democratización, para guardar lo más posible los recursos que dan sentido a su vida. No es que las políticas coercitivas no sean eficaces a corto plazo, sino que lo que se necesita es un cambio interior que incluya a la reflexión antropológica, que aún no está muy desarrollada. Cuando vemos cuánta influencia tiene la lógica capitalista sobre nuestros cuerpos, mentes y espíritus, y vemos cómo nosotros, como seres humanos, queremos soluciones y respuestas existenciales del capitalismo, esa idea de que la autorreflexión antropológica no sea parte de la política se revela lamentable. Por suerte, en algunos lugares se hace. Aunque sea un poco naif, todo el sector new age lo hace. Hay corrientes hoy de autor reforma de la gente, como la asistencia voluntaria, la democratización local, los emprendimientos sociales. Así que hay sectores donde se desarrollan alternativas prácticas, aunque son la minoría.

“Puede no funcionar. Esto es un acto de fe”, asegura Arnsperger sobre el proyecto político que aparece en su libro, al cual le sumará otro texto que tiene por título tentativo Existencia poscapitalista, que es, en definitiva, la propuesta del belga: una sociedad que supere al sistema actual, pero con un movimiento forjado por los individuos de abajo hacia arriba que se valga de los instrumentos de gobierno para complementarse.

–¿Qué posibilidad tiene ese proyecto de no quedar como algo muy marginal?

–A esa pregunta no tengo una respuesta cierta. Existen redes, pero pequeñas. Yo intento dar a esas cosas más visibilidad. Nunca se puede planificar, en ese sentido soy liberal. No me gustaría que ningún gobierno transforme mi libro en un programa coercitivo con leyes y limitaciones. Hemos pasado por esas cosas y no funcionan. Creo que no estamos en la edad de la planificación, ni del modelo tradicional del sindicalismo o de la militancia política muy instrumental, estamos en una época de incertidumbre sobre las formas de la acción colectiva. Creo más en el modelo de contagio que en un modelo estructural de regulación de arriba hacia abajo.

–En ese sentido es un libro posmoderno.

–(Se ríe) Sí, sí, claro. Hay cosas que yo no puedo manejar, y sé que en Bélgica o Francia algunos políticos leyeron mi libro. Mi objetivo es tocar la intencionalidad más profunda de la gente, y nunca se sabe cuánto puede cambiar una persona. Le pasó a Tony Blair con las propuestas de Anthony Giddens, salvando las distancias. Crítica de la existencia capitalista es un libro posmoderno que debe engendrar un poscapitalismo. Ése sería el objetivo.

–¿El problema sería que esa iniciativa no se transforme en proyecto político?

–Soy posmoderno en el sentido de que no creo que se pueda construir de arriba hacia abajo un proyecto existencial para la economía, pero no lo soy porque no estoy de acuerdo con los que dicen que lo existencial y lo posmoderno no deberían ser parte de lo político. Hay que lograr que el aspecto de arriba hacia abajo sea sólo un momento de coordinación y capacitación de iniciativas de abajo hacia arriba, y yo quisiera que se anclen en análisis como los que propone mi libro. Hay gente que por razones existenciales se sale de la lógica capitalista habitual, aunque sabe que ganarán menos y, por lo tanto, consumirán menos.

–Entonces, ¿para usted la posibilidad de luchar por una sociedad más justa estaría en cada uno?

–Por supuesto, tiene que llevarnos hacia lo que yo llamo activismo existencial, que no rechaza a la política, pero que tampoco es ingenuo porque ve que siempre hay por debajo cosas existenciales que uno debería cambiar si no quiere reproducir las lógicas previas. Eso pasó en la revolución soviética, que fracasó porque las élites se transformaron en pseudocapitalistas de Estado, gestionando su capital político y personal de relaciones.


Al final era lo mismo: una versión diferente de una delegación y de un rechazo de la finitud. Para mí el capitalismo, como muchos otros sistemas económicos, permite a los que tienen los recursos hacer llevar a los otros la carga de su ansiedad al negar su condición humana. Eso no va a cambiar si uno solo hace política, porque también el sistema político puede llevarte a hacer lo mismo. Entonces hay que ir más abajo. En ese sentido, es una reforma de la mente personal, pero siempre tiene una dimensión colectiva. No se trata de un individualismo autista.

El Capitalismo se tambalea: llegan los profetas




Por Carlos Salas


Financial Times empezó hace unas semanas una serie de reportajes titulada “La crisis del capitalismo”.Le Monde publicaba en las mismas fechas  un especial sobre Marx con las palabras: ¡Marx no ha muerto!The Economist titulaba ‘Rabia contra la máquina’, un reportaje en octubre sobre las protestas mundiales contra el capitalismo. Y decía: “La gente tiene razón en estar cabreada”.

Klaus Schwab, el presidente del Foro Economico de Davos decía hace poco en una entrevista. “El capitalismo en su forma actual ya no encaja en este mundo”. Y añadía: “Está un pelín anticuado”.

Jordi Evole triunfa con sus programas sobre qué mal lo ha hecho el capitalismo y cómo los banqueros han jugado con nuestro dinero. El otro día se convirtió una vez más en una tendencia en las redes sociales.

Hace diez años nadie dudaba que el capitalismo era la bestia triunfante. Tenía fama dispar, pero era más eficaz que cualquier otro sistema económico. Eso tapaba cualquier boca.

Ahora, uno hace esta pregunta a un banquero, a un empresario, a un broker, a un periodista, a un creyente del mercado, a un político, a un parado, a un autónomo, a los entrevistados de Jordi Evole, y todos responden:  el capitalismo está lleno deagujeros. Vaya pifia.

Un documental que narra estos agujeros se ha hecho famoso. Inside Job. Arrasó en los cines. Atacaba a la banca de inversión, a las escuelas de negocios, al tinglado bursátil. Pero era tan elocuente que los padres banqueros se lo recomendaban a sus hijos. Los estudiantes de las escuelas de negocios lo comentaban en los recreos. Hace poco  El País repartió un DVD por 1,5 euros junto a la edición del finde. Inside Job se agotó.

También hemos visto una  película titulada Margin Call, donde actores de primera línea aparecen hundidos hasta las cachas en la porquería de una firma financiera que desata el caos bursátil. No se entiende bien el guión. Pero se entiende que eso es malo.

Eso es el capitalismo.

Ya lo hemos asumido: el sistema ha fallado.
Ahora llega la hora de los profetas que claman en la plaza pública por un nuevo advenimiento. ¿Cómo nos pintan ese futuro? ¿Cuáles son sus soluciones?
Voy a definirlos.

- Los Correctores: son aquellos que piden un capitalismo con controles. Están aquí los gobiernos y economistas que pretenden regular los desmanes, como por ejemplo, las ventas a corto (esa forma de vender algo sin tenerlo). También quieren limitar los salarios y los bonus de los ejecutivos de las empresas o bancos  que han recibido ayudas estatales, y supervisar a los brokers que hacen High Speed Trading.  Problema: la imaginación creativa de los inversores es más rápida que la capacidad de los estados de legislar.

- Los Mister Hyde: se lo pasaron en grande actuando como el Doctor Jekyll, y disfrutando del capitalismo desenfrenado pues la economía crecía sin parar y había dinero para endeudarse hasta las cejas. Ahora, han cambiado de piel a Mister Hyde y escriben tribunas o gritan desde los mítines que el neoliberalismo capitalista ha fallado, que los bancos nos estafaron y que ha llegado la hora de las respuestas socialdemócratas. Problema: tuvieron su oportunidad para evitarlo, ¿lo van a hacer ahora?

- Los Hooligans: les importa un bledo si  el sistema ha fallado. Creen en ladestrucción creativa, es decir, de vez en cuando todo tiene que destruirse para nacer de nuevo más poderoso. Que se mueran los feos, perdón, los inadaptados. Viva la mano invisible del mercado a toda costa. Mueran los estados. Problema: desgraciadamente, tienen mucho poder y siguen presentes por doquier.

- Los Morlocks: estaban en sus cuevas subterráneas lamiéndose las heridas durante años. Eran aquellos que odiaban a los bellos habitantes de la superficie que prosperaban. Odiaban a los empresarios. Odiaban a los beneficios. Odiaban el comercio. Ahora, ¡han vuelto! Destapan a filósofos del siglo XIX para  decirnos que hay que volver a la negrura del submundo. ¿Problema? Tranquilos, solo van a dar un poco la lata pero su tiempo ya pasó.

Casi todos estamos entre los Correctores y los Mr Hyde.  Hicimos las cosas mal.Pero ahora no nos ponemos de acuerdo en cómo hacer las cosas bien. Es nuestro karma. Tenemos que atravesarlo. Pero esperemos que esto nos sirva para aprender a hacer mejor las cosas… por lo menos durante varios años. Luego, la bestia volverá a rugir.


miércoles, 5 de junio de 2013

La Existencia




Por Damián Ruíz


“También en el hombre hay un destino que presta fuerza a su vida. Cuando se logra asignar a la vida y al destino el sitio correcto, se fortifica el destino, pues así la vida entra en armonía inmediata con el destino.”

 I Ching. Hexagrama 50. El Caldero

Nosotros, simples mortales, potenciales creadores de alma, podemos ponernos en armonía con nuestro destino si somos capaces de apartar el ruido que nos perturba, si alcanzamos el suficiente silencio como para percibir las circunstancias del mundo como proyección de nuestro intelecto. Y el análisis de estas, de las circunstancias, será en función de lo imbuida que esté nuestra cognición por el espíritu.

El mundo como símbolo o representación no puede alcanzar mayor categoría que la que nosotros hayamos obtenido en el continuo laborar y pulir de los aspectos animales que aún nos dominan.

El mundo como espejo reactivo no es más que un hándicap generador de ansiedad que nos recuerda una y otra vez nuestras carencias evolutivas, aunque puntualmente disfrutemos de entrar en armonía con él.

La cultura es biología, la política es biología, y con el tiempo devengarán física y con los siglos, matemáticas. Hoy todo es metáfora pues la realidad está encubierta por nuestras limitaciones, a medida que la ciencia supere su reduccionismo y la humanidad alcance cotas superiores de evolución, las metáforas por las que nos apasionamos no serán más que códigos numéricos engramados en complejas ecuaciones.

El destino de cada uno es suyo, vinculado a su ADN, y a las miserias y altas posibilidades de éste, descubrirlo, descubrirse requiere calmar el ansia, reducir el sentimentalismo y percibir aquello que nos permite perder la noción del tiempo, conseguir la eficacia en el mundo de la materia y percibir la conjunción de todos nuestros atributos en una determinada tarea, y todo ello vinculado con un estado interno de serenidad. Ese es nuestro destino. El guerrero está tan en paz en la guerra como lo está el monje en el convento, si es que acertaron a armonizarse consigo mismos y con su iluso futuro, dimensión necesaria, igual que pasado y presente para nuestro cerebro. Ya que tal como dijo Einstein de otro modo no podríamos entenderlo.

La existencia individual pertenece también a otros conjuntos que, a su vez, están incluidos en otros mayores. Por tanto un terremoto puede segar una vida aparentemente proyectada hacia lo más grande, exceptuando determinados seres humanos, cuyo destino parece estar urdido por el conjunto del cosmos.

Y ¿Dios? Dios es una posibilidad activable a través de caminos escritos y conocidos, y que puede intervenir por su decisión o por ser demandado. La idea de Dios, la configuración bioquímica divina, el arquetipo, pueden cambiar el curso de una existencia, bajo la condición previa de que uno se configure para ello.

El azar no existe, Dios puede intervenir, el ADN interactúa con el mundo, el espíritu se recibe, el alma se crea. El destino lo escribes tú. 


lunes, 3 de junio de 2013

Manifiesto por una Nueva Disidencia




La gran opresión

En lo que las naciones europeas viven hoy no es en una democracia: es en una posdemocracia donde la alternancia sólo es una ilusión. Quien hoy ostenta el poder no es el pueblo, es una clase de oligarcas. Forman parte de la misma los grandes dirigentes financieros, mediáticos, culturales y políticos, los cuales imponen una ideología dominante que se ha convertido en una ideología única.

1.- La ideología única encierra el pensamiento y la opinión en el rectángulo de una cárcel cuyos cuatro lados son:

– el libre comercio económico deseado por los grandes oligopolios mundiales que son las transnacionales;
– el antirracismo que niega las realidades étnicas y culturales, al tiempo que culpabiliza a los defensores de nuestra identidad nacional y de la civilización europea;
– la antitradición y la inversión de los valores que desquician la base familiar y toda una experiencia de miles de años;
 – la visión mercantil comercial del mundo y el arrasamiento utilitario de la vida, de la naturaleza, de la cultura.

La ideología única somete de forma duradera a los europeos y a los anglosajones: impedir la constitución de una auténtica potencia europea es, por lo demás, una de sus funciones.

2. La ideología única impone un despotismo blanco a través de cuatro lógicas totalitarias:

– la neolengua, las mentiras de los medios de comunicación y los grandes miedos que se imponen a través de la tiranía mediática: quienquiera que se aparte de las verdades oficiales es condenado al silencio y/o a la demonización;
– la normalización de las reglas y de los comportamientos prescritos:
* por las burocracias nacionales, europeas y mundiales bajo la influencia de los grandes grupos de presión (lobbies);
* por los grandes gabinetes internacionales de asesoramiento (los Big Fours)
– la teocracia de los derechos humanos que sojuzga a los pueblos a través del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el cual interpreta en el sentido del pensamiento único el Convenio Europeo de Derechos Humanos;
– la represión tipo Big Brother, que comete con leyes liberticidas crímenes contra el pensamiento.

3. Esta ideología única tiene sus triunfadores y sus perdedores

Por lo que a sus triunfadores se refiere, figura en primer lugar la superclase mundial: treinta millones de cosmócratas que tienen más puntos en común entre sí  que con el pueblo del que provienen. También figuran entre los triunfadores los países emergentes —China, en particular— y los beneficiarios de la inmigración: por un lado, los inmigrantes que acceden a los regímenes sociales de los países desarrollados; por otro lado, los empresarios que pagan bajos salarios. Siguiendo con los ganadores, también están las minorías étnicas y sexuales que disfrutan tanto de un estatus revalorizado como de la discriminación positiva.

Por el lado de los perdedores figuran los antiguos países desarrollados, cuyo poderío se debilita, al tiempo que mengua su independencia y se reduce su riqueza; y, dentro de ellos, las clases medias y populares, cuya fuerza de trabajo es explotada por las transnacionales y tiene que competir con la de los países emergentes y la de los emigrantes. También figuran entre los perdedores las familias europeas, cuyo modelo de vida se desvaloriza y cuyas dificultades para encontrar vivienda y buenas escuelas para sus hijos se ven amplificadas por la africanización y la islamización.

La mayoría invisible, los autóctonos, son las víctimas de tal situación. Sufren discriminación negativa y padecen un proceso de domesticación. Han perdido su soberanía, no tienen la posibilidad de expresarse mediante referéndums. Los dirigentes políticos que los gobiernan no son estadistas, sino “mediagogos” que hacen carrera adulando a los medios de comunicación y sometiéndose a la ideología única. Frente a lo inaceptable, es necesario dar paso a una nueva disidencia.

La nueva disidencia

El sistema dominante se basa en la negación de la coherencia y de la realidad de las cosas. En las postrimerías de la Unión Soviética, quienes hacían frente a la situación y se atrevían a luchar contra ella eran calificados de disidentes: su arma era el samizdat, es decir, el ciclostil y el anonimato. Los disidentes del mundialismo disponen de Internet y del pseudoanonimato, es decir, de un instrumento subversivo —la reinfoesfera— que es infinitamente más poderoso. El papel de la reinfoesfera consiste en sensibilizar a la opinión.

1. Primera actitud de la disidencia: la reinformación es una gimnasia del espíritu y del alma

Consiste en forjarse su propia opinión para no caer en el conformismo y repetir ideas como papagayos. La reinformación consiste en tratar de conocer la realidad del mundo a partir de una experiencia directa y no a través de las pantallas. Y, por lo que a las pantallas se refiere, consiste en desterrar en toda la medida de lo posible los programas de televisión a favor de los videos o de ciertos espacios radiofónicos y, por supuesto, de las webs alternativas de la reinfoesfera.

2. La actitud de la disidencia consiste en desterrar de los espíritus la ideología única

Ello significa emancipar las mentes y los corazones de lo políticamente correcto, de lo económicamente correcto, de lo históricamente correcto, de lo moralmente correcto, de lo religiosamente correcto, de lo artísticamente correcto. Frente a la dictadura de las emociones condicionadas, hay que volver a encontrar la vía de la razón y de las grandes normas del espíritu europeo: aparte de los dogmas religiosos, sólo se puede considerar verdadero lo libremente refutable. Cualquier verdad oficial tiene que pasar por el cedazo de la duda.

3. La tercera actitud de la disidencia es la fuerza del alma

El alma saca su energía de las raíces de la civilización europea y cristiana, tomando aliento en un imaginario milenario y/o en la fe religiosa. El hombre se ve fortalecido por todo lo que le proporciona una auténtica vida interior y lo libera de las presiones de la urgencia y de la contingencia. Se trata, a este respecto, de dejarse contaminar por las emociones prefabricadas del exterior a fin de reapropiarnos mejor nuestras propias emociones: las que están vinculadas con nuestra tierra, nuestro pueblo, nuestra lengua, nuestra historia, nuestra religión. En suma, vincularse a las emociones de nuestra familia, de nuestro linaje, de nuestro clan, de nuestros correligionarios.

4. La cuarta actitud de la disidencia es el comportamiento disidente, es decir, actuar de forma distinta

La disidencia no consiste tan sólo en reflexionar. Consiste también en actuar de forma distinta:
– frente a la mundialización económica, hacer jugar el localismo, la preferencia local, la nacional, la europea, el patriotismo económico;
– frente al desarraigo, practicar una ecología humana y cercana: retomar contacto con nuestro territorio vital y la naturaleza que lo rodea; aceptar como beneficiosos constreñimientos las leyes de la geografía y del clima;
– frente a la sociedad mercantil, desconfiar de los grandes oligopolios de distribución;
– frente al cosmopolitismo y al antirracismo, defender nuestra identidad: escoger la escuela de nuestros hijos; situarnos en una lógica de arraigo en nuestras elecciones estéticas y culturales; preferir el arte escondido al financial “art”; frente al globischpracticar la lengua que nos es propia; frente a la voluntad de mestizaje de los oligarcas, cultivar el “nosotros”; frente a la memoria impuesta por los amos del discurso, preferir el recuerdo que remite a una realidad histórica y carnal: la transmisión familiar de los acontecimientos tal como han sido vividos realmente por nuestro linaje.

5. La quinta actitud de la disidencia es la intervención en la vida de la Ciudad y más bien en la periferia que en el centro

La disidencia no es un exilio interior: es una larga marcha hacia la reconstrucción de un proyecto comunitario, es la intervención en la vida de la Ciudad en aquellos ámbitos en que pueda ser eficaz, es decir, más bien en la periferia que en el centro, más bien en la vida local que en la nacional.

La disidencia consiste en suscitar acciones identitarias o participar en ellas:
– contra la islamización o la africanización de nuestro barrio;
– contra la imposición del globish en nuestra empresa o en su administración.

Porque las “libertades no son más que resistencias” (Royer-Collard).

La disidencia también consiste en actuar para defender un patrimonio al que se quiere: proteger un emplazamiento o un paisaje, un monumento, una iglesia o un museo, elementos de nuestra identidad nacional y de la civilización europea.

La democracia directa, espontánea, la organización parajurídica de peticiones y de referéndums locales: he ahí otros tantos excelentes medios de acción en tal sentido.

6. La sexta actitud de la disidencia consiste en dar a conocer

Dar a conocer las cosas y, gracias a Internet, hacer públicas y visibles acciones que la tiranía mediática castiga con el ostracismo.
Actuar también es que hacer que a uno le oigan los parlamentarios, especialmente los locales, a fin de que la presión popular compense la del Sistema.

7. La séptima actitud de la disidencia consiste en participar en la movilización de inmensas pero adormecidas fuerzas: las mayorías invisibles pero oprimidas

Estas comunidades económica, social y culturalmente mayoritarias resultan invisibles a causa de la acción de las oligarquías dirigentes y de las políticas de “diversidad” que aplican en contra de las mayorías.

Estas mayorías oprimidas son:

– las clases medias y las clases populares sacrificadas a los intereses de los poderes financieros y a las que se hace competir con el mundo entero en el mercado laboral;
– las pequeñas y medianas empresas victimas de la fiscalidad y de los oligopolios mundiales;
– las familias amenazadas por la teoría del género y la cultura de muerte;
– los cristianos y los laicos, afectados ambos por el hecho de que el espacio público es ocupado por la islamización;
– y, por supuesto, los jóvenes varones blancos (JVB) que son objeto de todas las culpabilizaciones y contra quienes se acumulan toda clase de discriminaciones (como jóvenes, como hombres, como blancos). Los jóvenes varones blancos (JVB) tienen como vocación sacar a Europa de su adormecimiento.

Hay en todos estos grupos, por poco que tomen conciencia de su fuerza, todos los ingredientes de una revuelta susceptible de impulsar una gran oleada de populismo, corriente de opinión que debemos asumir sin complejos.

8. ¿Hacia la revuelta del pueblo?

Situándose mucho más allá del exilio interior, la disidencia se amplifica en Internet pero también en las redes sociales y en las territoriales. La reapropiación de nuestro entorno geográfico y humano es una exigencia cada vez mayor, al igual que la toma de conciencia por parte del pueblo de que tenemos un enemigo: la superclases mundial y los amos del discurso que la sirven.
Vanguardia de un movimiento que va ahondándose, el comportamiento disidente se nutre de la concientización de los daños producidos por el Sistema mundialista hoy dominante. Y esta toma de conciencia nos lleva a recuperar el genio nacional de nuestros pueblos y la identidad europea: búsqueda de la verdad, recurso a las artes figurativas, respeto de las tradiciones, gusto de la libertad, defensa de la lengua y de las patrias carnales. La disidencia libera los espíritus y forja las almas: es la etapa previa a la revuelta del pueblo.


domingo, 2 de junio de 2013

Entrevista a Alain de Benoist sobre la muerte de Dominique Venner




Por Nicholas Gauthier


Alain de Benoist, usted conocía a Dominique Venner desde 1962, más allá de la pena o del disgusto, ¿ha sido estúpido su gesto? Aunque él hubiese renunciado desde hace tiempo a la política, ¿este gesto es coherente con su vida, con su lucha política?

Ahora me disgustan especialmente ciertos comentarios. “Suicidio de un ex de las OAS”, escriben unos, otros hablan de una “figura de extrema derecha”, de un violento opositor del matrimonio gay o de un “islamófobo”. Sin contar los insultos de Frigide Barjot, que ha revelado su verdadera naturaleza escupiendo sobre un cadáver. Ellos no saben nada de Dominique Venner. Nunca han leído una sola línea (de sus más de 50 libros y centenares de artículos). Ignoran al fin, que tras una juventud agitada – que él mismo contó en Le coeur rebelle (1994), entre sus mejores obras -, había renunciado a toda forma de acción política desde hace casi medio siglo. Exactamente desde el 2 de julio de 1967. De hecho estaba presente cuando comunicó la decisión. Desde entonces Dominique Venner se había dedicado a escribir, primero con libros sobre caza y armas (era un experto reconocido en este ámbito) y después con ensayos históricos brillantes por estilo y, a menudo, autorizados. Había entonces fundado La Nouvelle Revue d´histoire, bimestral de elevada cualidad.

Su suicidio no me ha sorprendido. Desde hace tiempo sabía que – siguiendo el ejemplo de los antiguos romanos, y también de Cioran, por citarlo solo a él – Dominique Venner admiraba la muerte voluntaria. La juzgaba como la más conforme a la ética del honor. Recordaba a Yukio Mishima, y no es casualidad que en su próximo libro, que el próximo mes será editado por Pierre-Guillaume de Roux, se titulará “Un samouraï d´Occident” (Un samurái de Occidente). ¿Hasta qué punto se puede medir su carácter de testamento? Pese a que esta muerte ejemplar no me sorprende. Me sorprenden el tiempo y el lugar.

Dominique Venner no tenía fobias. No cultivaba extremismo alguno. Era un hombre atento y secreto. Con los años, el joven activista de la época de la guerra de Argelia se convirtió en un historiador meditativo. Subrayaba, de buena gana, que la historia era siempre impredecible y abierta. No veía motivo para no desesperar, de hecho, rechazaba toda forma de fatalismo. Pero, ante todo, era un hombre de estilo. Aquello que más apreciaba en las personas era la capacidad. En el 2009 había escrito un hermoso ensayo sobre Ernst Jünger, explicando su admiración por el autor de los acantilados de mármol. En su universo interior no había lugar para la burla, ni para los conflictos de una política del politiqueo que justamente despreciaba. Por ello era respetado. Buscaba la capacidad, el estilo, la ecuanimidad, la magnanimidad, la nobleza de espíritu, a veces hasta el exceso. Términos cuyo sentido escapa a quien solo ve los juegos televisivos.

-Dominique Venner era pagano. Pero ha elegido una iglesia para poner fin a sus días. ¿Una contradicción?

Pienso que él mismo había respondido a la pregunta en la carta que ha dejado, pidiendo hacerla pública: “Elijo un lugar altamente simbólico, la catedral de Notre-Dame en París, que respeto y admiro, porque fue construida por el genio de nuestros abuelos sobre lugares de culto más antiguos, recordando orígenes inmemorables”. Lector de Séneca y Aristóteles, Dominique Venner admiraba especialmente a Homero: La Iliada y La Odisea eran para él los textos fundadores de una tradición europea, en los cuales, reconocía a su patria. ¡Solo Christine Boutin puede imaginar que fuese “convertido en el último segundo”!

-¿Políticamente esta muerte espectacular será útil, como otros sacrificios celebrados, como aquel de Jan Palach en 1969 en Praga, o aquel más reciente del vendedor ambulante tunecino que provocó la primera “primavera árabe?

Dominique Venner se ha expresado también sobre las razones de su gesto: “Ante peligros inmensos, siento el deber de actuar hasta que no tenga fuerza. Creo necesario sacrificarme para romper el letargo que nos oprime. Mientras tantos hombres se hacen esclavos de la vida, mi gesto encarna una ética de la voluntad. Me doy muerte para despertar conciencias adormecidas”. No se podría ser más claro. Pero sería un error si no se hubiese visto en esta muerte voluntaria más allá del estrecho contexto del debate sobre el “matrimonio para todos”. Desde hace años, Dominique Venner no soportaba ver más a Europa fuera de la historia, vacía de energía, olvidada de sí misma. A menudo decía que Europa estaba “aletargada”. Ha querido despertarla, como Jan Palach, en efecto, o, en otro periodo, Alain Escoffier. Así ha probado su capacidad hasta lo más profundo, permaneciendo fiel a su imagen de comportamiento de hombre libre.

También ha escrito: “Ofrezco lo que queda de mi vida en un intento de protesta y fundación”. Esta palabra, fundación, es el legado de un hombre que ha elegido morir de pie.