martes, 3 de septiembre de 2013

¿Qué fue el NaCismo en CHILE?

Con este logo lucharon y murieron los Nacistas en 1938.



Por Erwin Robertson


Este mes de septiembre se cumplen cincuenta años de uno de los más viles crímenes políticos cometidos en Chile: el asesinato de 63 jóvenes nacistas en la llamada "torre del Seguro Obrero" de Santiago. La sangrienta represión provoco en su época universal condena, y los poetas alzaron sus voces en homenaje a aquella juventud inmolada. Año tras año resuena el "presente" por los caídos, sea ante la placa que los recuerda frente al Palacio de la Moneda, sea en el monumento en el Cementerio General. Sin embargo, la buena conciencia nacional quisiera olvidar esos hechos; y, por otro lado, abundan las tergiversaciones y los malentendidos... Ciudad de los Césares ha querido recoger testimonios e indagar la verdadera naturaleza de aquello que se llamo Movimiento Nacional Socialista de Chile. Con simpatía, ciertamente, pero sin partidismo; con interés histórico –conocer lo que realmente fue-, pero también con ánimo de mostrar a las generaciones de hoy, llamadas en este momento a decisiones políticas y solicitadas por multitud de "referentes", esa otra vía de pensamiento y de acción.

El  Movimiento Nacional Socialista (MNS), se ha sostenido, no es una reproducción mimética de corrientes políticas europeas. Considerado como tal por algunas historias de los partidos o de las ideas políticas chilenas -algo que, incluso, se da por supuesto-, ese juicio simplificador se revela inexacto e insuficiente. Testigos más fieles, analistas más profundos, pueden mostrar la dimensión nacional de este movimiento.

Se trata, en primer lugar, de una de las expresiones de una generación juvenil que, por vias diferentes, buscaba lo nuevo frente a la sociedad y a la cultura heredada del siglo XIX, y que encontraba eso nuevo en corrientes europeas, sentidas, si, más hondamente y de forma más fecunda que lo que fue el liberalismo en el siglo anterior. Así lo han entendido historiadores más recientes y comprensivos: Mario Góngora considera como un todo a la "generación de 1932-1940", señalando como su característica general mas saliente la "ruptura con el pasado", y apuntando que esta generación estuvo muy marcada por las "recepciones" (marxismo, hispanismo, social-cristianismo, fascismo, nacional­socialismo), como ha ocurrido, por lo demás, "tantas veces en la historia hispanoamericana".  Y en efecto, de su análisis parece  desprenderse  un  parentesco  entre  los jóvenes católicos de la Juventud Conservadora -luego Falange Nacional- y de la "Liga Social", un cierto socialismo y el nacismo[1]. "A la postre –dice por su parte Gonzalo Vial-, "toda la generación –socialistas, nacis (sic), católicos-, en sus críticas, en sus actitudes vitales, en su desprecio por los viejos, en su preocupación por los problemas de los pobres, en sus ansias innovadoras -políticas y sociales-, en la tentación de la violencia física e intelectual, nos aparece con un sello común, que trasciende sus diferendos filosóficos e ideológicos" [2].

Es claro que ni el catolicismo social ni el marxismo que fue tiñendo el socialismo chileno[3] son productos autóctonos de America. Tampoco, por cierto, el liberalismo de los partidos "históricos". El punto está en la copia mecánica o en la adaptación creadora y fecunda de una idea o corriente de ideas a nuevas realidades. No es lógica, entonces, la critica al MNS (y sólo al MNS) por sus "recepciones".

Por otra parte, tanto el MNS como la Liga Social o la Falange Nacional permanecerán minoritarios. Eran principalmente, observa Gongora, "grupos juveniles" que constituyen una "generación perdida": a la larga políticamente desaparecerán o se plegarán a los frentes "macropolíticos" [4].

Con todo, ¿puede ser explicado el nacismo como un fenómeno puramente local? o en otras palabras, ¿qué significan en él esas "recepciones" a que se ha aludido?

Un movimiento "fascista":

El MNS se ubicó a sí mismo –por un tiempo, al menos- dentro del "fascismo", entendido como una corriente universal que comprendía, por tanto, las diversas particularidades nacionales (fascismo mussoliniano, nacionalsocialismo alemán, rexismo belga, Movimiento Legionario rumano o Guardia de Hierro, entre otros) Ya se indicó que ésta ha sido, a priori, la opinión de algunos estudiosos [5].

Desde luego, calificar de "fascista" a un movimiento político o a una corriente de pensamiento no debería tener carácter peyorativo. Pero es un hecho que el término "fascista" es usado a guisa de injuria a derecha y a izquierda –más a izquierda, hay que reconocerlo. ¿No revela esto una mentalidad inquisitorial y totalitaria: la idea de que existe el "mal" político por excelencia, y que debe ser denunciado allí donde se insinúe? Pues una de las mayores curiosidades de nuestro tiempo, en que aparentemente la libertad se extiende a todo y a todos, es que ciertas ideas aparecen proscritas; no tanto por la ley (el caso chileno es una precaria excepción; mas sólidas y tristes son, en cambio, las de Italia y Alemania Federal), como por la "opinión pública", por el "consenso" creado por los medios de comunicación de masas. Por lo menos aquí, queremos utilizar el concepto "fascismo" –como cualquier otro concepto político- propiamente, esto es, con rigor científico y neutralidad valórica.

Entonces, ¿qué se quiere decir al afirmar que el MNS fue un movimiento fascista? O sea, ¿qué es el fascismo? Cientistas y filósofos políticos e historiadores no logran ponerse de acuerdo. Para unos, es probable que el termino fascismo sea el "más vago de los términos políticos contemporáneos"; para otros, debería ser desterrado por un tiempo del vocabulario de los historiadores, por las confusiones que produce [6]. ¿Designa una forma de "extrema derecha", interpretación ésta más o menos "canónica"? ¿O presenta sospechosas afinidades con la izquierda o la extrema izquierda, una interpretación que ha hecho fortuna en ciertos ambientes políticos y periodísticos chilenos? ¿O es más bien un "extremo centro", como ha llegado a afirmarse a partir de datos empíricos? [7].

En una obra que pasa por clásica, Ernst Nolte definía el fascismo como un "antimarxismo que pretende destruir al enemigo por medio de la formación de una ideología radicalmente opuesta y, sin embargo, próxima; de métodos casi idénticos y sin embargo con características propias, pero siempre en el marco insustituible de la afirmación nacional y de la autonomía”. Pero la definición del fascismo como principalmente "antimarxismo" no es adecuada por entero para el nacionalsocialismo alemán (el orden de Versalles era el enemigo, más que el Rotfront; y en el fondo, los judíos), y nada o muy poco para la Guardia de Hierro, los Cruces y Flechas húngaros o los fascistas británicos. Consciente de esta insuficiencia, Nolte volvía a la carga en el plano "metapolítico" y buscaba caracterizar al fascismo como oposición a lo que él denominaba "trascendencia" ("trascendencia teórica": lo Absoluto, lo Universal,  Dios; "trascendencia práctica": el proceso de modernización, la eliminación de los vínculos tradicionales en la vida individual y social)[8]. El concepto, se ha observado, es abstruso y, nuevamente, no puede decirse de todas las formas de fascismo que se hayanopuesto a la "trascendencia", teórica o práctica; tal vez el fascismo tuvo su propia "trascendencia", como apunta G.  L. Mosse [9].

Desde otras perspectivas se destaca el carácter esencialmente revolucionario del "fascismo", sin que esto signifique confundirlo con las tendencias revolucionarias de izquierda. Según Eugen Weber, es el "jacobinismo de nuestro tiempo". Combinó nacionalismo y socialismo (un socialismo "liberado del sentimentalismo humanitario y de la dialéctica marxista") y, por más que se haya sostenido que sus demandas sociales fueron una especie de camuflaje, "en la práctica, lo contrario parece haber sido el caso". Fue democrático, no en el sentido liberal, sino en el de la identificación del movimiento con el líder, y en cuanto los movimientos fascistas crearon internamente un espíritu de comunidad e igualdad social. "Nueva caballería", el fascismo exaltaba el sacrificio, la abnegación y la devoción a la causa [10].

A su vez, Payne distingue agudamente entre fascismo, derecha radical y derecha conservadora, distinción que la mayoría de los autores no ha percibido [11]. Otros han creído necesario distinguir diversos tipos de fascismo: el de Europa occidental no es el mismo de Europa oriental (donde había una realidad más campesina y tradicional); hay un fascismo de derecha y uno de izquierda; hay un "fascismo del Tercer Mundo", cuyo ejemplo más característico sería el peronismo... En fin, hay quienes cuestionan la utilidad o la propiedad del concepto genérico de "fascismo" para describir fenómenos tan dispares: se trata de los "falsos fascismos". De Felice quisiera delimitar el fenómeno, cronológicamente, a la época entre las dos guerras mundiales; geográficamente, a Europa occidental; socialmente, a las clases medias[12]. Excluye así a movimientos Como la Guardia de Hierro, movimiento popular y campesino, antiburgués y místico. Excluye también a fenómenos hispanoamericanos o asiáticos. S. Payne se inclina igualmente por descartar la autenticidad de un "fascismo" fuera de Europa, tras pasar revista a una serie de "candidatos", entre ellos el MNS chileno [13].

En suma, y simplificando, puede decirse que el fascismo (admitamos el sentido genérico) pretendió ser: a) una alternativa revolucionaria a la democracia capitalista y al comunismo, considerándose a sí mismo una forma de socialismo nacional, orgánico y jerárquico; b) una reacción "neorromántica" frente a la cansada civilización burguesa: la apelación a un estilo de vida heroico y juvenil. En este sentido mereció ser llamado "la poesía del siglo XX" (Robert Brasillach) y el "desquite de la juventud" (Gonzague de Reynold). Y que fue así, lo prueban las conclusiones con que algunos autores descartan la posibilidad de un nuevo fascismo en Europa: la atmósfera política tiende allí a ser "sobria y aburrida. No es la atmósfera en la que podría prosperar un verdadero movimiento fascista" (Carsten)[14]. Sus bases culturales se han visto totalmente erosionadas: "hoy día todas las fuerzas ideológicas... comparten un materialismo humanista común, que excluye tanto el vitalismo como el idealismo anteriores" (Payne)[15].

Intento de síntesis:

Por la discusión anterior, se puede apreciar lo problemático que es definir el "fascismo" en Europa misma. A fortiori, lo es decidir si el MNS chileno debe ser englobado en esta categoría genérica. Es innegable cierta afinidad entre aquel y sus contemporáneos europeos; pero, aun en el caso de adscribir el movimiento chileno a la corriente universal, el ver lo multifácetica que fue ella, el comprobar que los factores nacionales fueron en cada caso los determinantes, excluyen pensar en una imitación servil o reproducción mecánica.

Las citas de Góngora y Vial ya han permitido vislumbrar algunas de las características del nacismo chileno. Podríamos atribuirle tres rasgos fundamentales:

i) Nacionalismo, no entendido como chauvinismo, como expansionismo o nostalgia por "territorios perdidos" (que han caracterizado algunas manifestaciones del nacionalismo chileno), ni como un puro "nacionalismo económico", como en la Generación del Centenario. Más bien significó la adscripción a toda una tradición que se hacía remontar a Portales: la tradición del Estado nacional, autoritario, dinámico, supraclasista y suprapartidista: el Estado que había hecho la "grandeza" de Chile en el siglo pasado y del que, restaurado, se esperaba que solucionara las crisis sociales de la época, integrando a las masas proletarizadas y demoliendo el dominio de la "oligarquía" (la clase dirigente liberal, de base agraria y financiera). El MNS representaba en su forma más radical y más pura lo que Mario Góngora llamó la "noción de Estado" en Chile [16].

De aquí la oposición al imperialismo plutocrático, representado desde la I Guerra Mundial por EEUU. Precisamente, muchas tendencias "modernizantes" preconizadas y aplicadas por esos años-suponían la incorporación plena de la economía nacional a la economía norteamericana (en vías de llegar a ser, lisa y llanamente, economía mundial) y la aceptación de la hegemonía de Washington en Sudamérica. En este sentido, el MNS se consideraba próximo al Apra peruano –de esa época- y a otros movimientos hispanoamericanos (a los que consideraba, también, "fascistas" con gran disgusto de los apristas).

ii) Socialismo: entendido a la manera de tantas tendencias de los años 20 y 30 ("socialismo nacional", "socialismo prusiano"): no una forma económica, sino la supeditación del yo a la comunidad. Reaparece aquí la idea de Comunidad, de Pueblo, concebido como un todo orgánico, sentido místicamente, por oposición a la mera "sociedad", suma de individuos sin más lazos entre sí que los extrínsecos y mecánicos [17]. Esto, sin perjuicio de las proposiciones que se pueden considerar "socialistas" en el sentido corriente de la expresión: nacionalización de las compañías extranjeras explotadoras del cobre, salitre y el hierro; división del latifundio, socialización de ía banca... Pero obsérvese que aquí se trataba de fortalecer la soberanía dei Estado sobre las riquezas esenciales y frente al mundo de las finanzas; o de promover una clase de pequeños propietarios campesinos, como parte del regreso al "seno materno del paisaje": en general, no son los supuestos del socialismo corriente, marxista.

Socialismo etico, el socialismo nacista era, fundamentalmente, una gran empresa educadora: había que socializar al pueblo, a empresarios y trabajadores, a las clases medias, a los estudiantes. El Servicio del Trabajo desempeñaba aquí un papel básico; y "hombres, antes que programas", era la expresión del ideal. Como para la Guardia de Hierro,  también  aquí  la   reforma   del hombre era la piedra angular, si bien de forma implícita y más vaga.

iii) El estilo: "hombres, antes que programas" y la llamada "chilenos, a la acción", representan el "estilo nacista". Era el ethos de la acción directa, de la energía y dinamismo juveniles, y una nueva forma de movilización política. Los himnos, los uniformes y la ordenación militarizada, si bien no exclusivos del MNS, iban en el mismo sentido. No en vano un notorio representante de la clase política chilena pudo comparar al nacismo a alguna de las grandes herejías medievales y hablar de "posesión" por una idea, en lugar del "tener" una idea de modo racionalista e intelectual [18]. Nada podría distinguir más al MNS de los partidos históricos, o aun de los partidos "nuevos" surgidos en esos años: el PS, el PC y la Falange (luego, PDC), herederos todos del racionalismo decimonónico y, en lo político, integrados en definitiva al establishment parlamentario y a su estilo.

Aquí es donde se acaban las comparaciones al interior de una misma generación, de las que hemos partido: las reivindicaciones sociales de los jóvenes católicos suenan a efusión sentimental o a pura posición intelectual, sin que hubiese voluntad de romper con el sistema imperante ni, menos, de pagar con la propia persona. La ambigüedad política de la Falange, oscilando entre izquierda y derecha, pero en todo caso dentro del marco legalista y parlamentario, es una manifestación de lo que decimos; del mismo modo, el revolucionarismo más bien retórico y ritual de la izquierda marxista, que observaba uno de sus más lúcidos dirigentes, treinta y tantos años después[19].

No es el caso extenderse aquí sobre las limitaciones de la ideología nacista. A través de sus publicaciones doctrinarias, el Movimiento podía pasar revista al pensamiento europeo mas afín y, también, el más novedoso: las distintas tendencias fascistas y nacionalsocialistas, la "Revolución Conservadora" alemana (de Spengler a Möller van der Bruck), algunos autores católicos. Pero nada de esto llegó a formar parte de la "cultura política" del nacismo (ni, en general, del nacionalismo chileno).

En cambio, es necesario detenerse sobre la responsabilidad del Jefe, Jorge González von Marées. Si bien el MNS se concebía como un movimiento y una escuela que trascendía las individualidades, si reconocía de buena gana que el Jefe debía saber despersonalizar su acción, la personalidad de González resultó determinante (pero, ¿en que movimiento político, incluidos los marxistas, no es asi?). Sus cualidades personales no se niegan: "ascético fondo interior", "sobriedad y desinterés excepcionales", "oratoria brillante, didáctica", "valentía moral y física", son algunos de los atributos que le asigna uno de sus antiguos seguidores. "Personalidad magnética", "brillante escritor y perceptivo analista", admiten los historiadores [20]. Pero este Jorge González parece presa de una exaltación que lo lleva al fracaso: en mayo de 1938 habla de revolución violenta; inicialmente se atribuye toda la responsabilidad del "putsch" que desemboca en el asesinato colectivo del 5 de septiembre (aunque después atribuye la culpa del fracaso al general Ibañez, que no habría cumplido su papel de levantar al Ejército)[21]. Su inclinación hacia la izquierda lo lleva a transformar el MNS en "Vanguardia Popular Socialista" (sin embargo, reconocía que era sólo un cambio de nombre) y a unirse en efímera alianza con el Frente Popular en el poder. Continúa su trayectoria nacionalista, para finalmente dar en el liberalismo y respaldar al candidato presidencial de la derecha en 1952 (contra Ibañez).

¿Cómo explicar tal conducta? "Impaciencia", se ha dicho, y también "locura"[22]. La explicación más sugerente es la de Miguel Serrano: González era un spengleriano que habría interpretado "maquiavélicamente" a Spengler, y para él la toma del poder llegó a ser lo substancial [23]. Como se sabe, Spengler sostenía que en las fases más tardías de la vida de las culturas ya la lucha política no se libra entre doctrinas o partidos, como en el siglo XIX, sino entre caudillos. En Años de Decisión formula críticas al partido fascista y al NSDAP, en cuanto partidos, mientras alaba a Mussolini. El lema nacista "hombres, antes que programas" podía interpretarse en el sentido de que el "hombre providencial” lo era todo. González pudo llegar a pensar que era independiente de su propio movimiento, mero instrumento éste en manos del "César".

En verdad, muchos de los militantes del MNS acompañaron a González en peregrinaciones igualmente curiosas: a través del agrario-laborismo (que sí pudo constituir un vehículo político nacionalista), o directamente, en algunos casos, pasaron a casi todos los partidos políticos chilenos, en especial a la Democracia Cristiana. Y, lo más curioso, muchas veces reconociendo orgullosamente su pasado, aunque, eso sí, congelado en un recuerdo romántico y despolitizado.

¿Que queda del Nacismo?

En el párrafo inmediatamente anterior está, en parte, la respuesta: un recuerdo romántico y despolitizado, que se traduce en un ritual repetido por los antiguos militantes –o mejor, por quienes han tomado su representación- cada 5 de septiembre.  Entonces comparecen algunos, devenidos exponentes de ese mundo que el MNS combatió, junto a otros que se han mantenido "en la línea" pero a veces con mas nostalgia y "fe de carbonero" que real sentido de militancia política.

Por otra parte, el símbolo del 5 de septiembre ha sido asumido por las sucesivas generaciones nacionalistas, con variada intensidad. Especialmente, hoy, los que han dado en llamarse "nacional-revolucionarios" quieren recogerlo como símbolo de lucha activa contra el sistema burgués. No se trata de repetir ese pasado, sostienen ellos, sino de desarrollar algunas ideas contenidas como germen en el nacismo: sólo así el "¡chilenos, a la acción!" puede resonar revolucionaria y vivificadoramente.

De aqui la oposición entre "viejos" y "nuevos"; el año pasado* los observadores pudieron presenciar dos ceremonias diferentes en el Cementerio General, en días distintos: una, en que el recuerdo de las víctimas del Seguro Obrero se asociaba al homenaje a Rudolf Hess –recientemente fallecido entonces-, concibiendo su íntima solidaridad, por sobre diversidades locales y temporales; se veía alli juventud y espíritu militante (aunque, justo es decirlo, con mucha fanfarria y decorado "de época"; los "nacional-revolucionarios" tienen compañeros de ruta nostálgicos de otro pasado). La otra, la ceremonia de los "viejos", pobre en asistencia y más bien mortecina; allí se puso énfasis en el carácter "criollo" y democrático (!) del MNS. Sin duda este año, en la celebración del cincuentenario se harán presentes de nuevo estas contradicciones.

 En suma, en la interpretación del MNS caben dos "lecturas": una lectura histórica y una lectura militante. Para la primera, se trata de comprender lo que realmente fue ese movimiento, en su contexto propio, con sus características y limitaciones; guste o no, sin que la verdad histórica pueda ser desvirtuada por las conveniencias del presente.


Por la lectura militante, en cambio, se busca en el nacismo puntos de referencia en una lucha política e ideológica actual, hitos en un camino, fundamentos de una tradición, exempla, arquetipos... Nada de nostalgia, sino reactualización permanente de los gestos ejemplares; en último término, importa ser dignos de los "mayores". Y aquí la lectura militante se hace simbólica, y las distancias temporales, como las espaciales, no cuentan: los arquetipos trascienden la historia.

[1] M. Góngora: "Libertad política y concepto económico de gobierno hacia 1915-1935", en revista Historia N° 20 (1985), Santiago, pp.38 y ss.
[2] G. Vial: "El pensamiento social de Jaime Eyzaguirre", en revista Dimensión Histórica de Chile N° 3 (1986), Santiago.p. 138.
[3] Debe recordarse que el partido socialista nace (1933) de un movimiento militar (que llegó a proclamar la "República Socialista" el año anterior), y muy influido por el indoamericanismo de Haya de la Torre
[4] Góngora, ibidem. Respecto de la Falange Nacional hay que observar que experimenta, como PDC, un crecimiento vertical luego de fusionarse con el antiguo "agrario-laborismo", surgido del Partido Agrario (corporativista y representativo de algunos sectores de empresarios agrícolas), enriquecido con el aporte de viejos nacistas y de los nacionalistas de Guillermo Izquierdo Araya, y beneficiado pasajeramente con el carisma del general Ibañez, "hombre providencial" por cierto bien ajeno a las inquietudes intelectuales de los jóvenes social cristianos.
[5] Es verdad que, a la postre, el MNS llegó a rechazar la identificación con el fascismo y cambio su nombre por "Vanguardia Popular Socialista". Pero ello no significa mucho, ya que un movimiento tenido por auténticamente fascista, la Falange Española, también declaró en un momento dado no serlo (en circunstancias de que el fascismo estaba de moda y aún no había sido desacreditado): José Antonio Primo de Rivera, ante el congreso fascista internacional de Montreux, fines de 1936. Seguramente, en el caso español como en el chileno, se hubiera podido esperar interesantes maduraciones.
[6] Stanley Payne: El Fascismo, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p.10; Stuart Woolf: II Fascismo in Europa, Laterza, Barí, 1968, respectivamente.
[7] Radicalismo de centro: Seymour Lipset, El Hombre  político, Bs Aires, 2a. ed.,1968,cap. 5.
[8] Ernst Nolte: El fascismo en su época, Ed. Península, Barcelona, 1967, pp. 37 y 487 y ss.
[9] George L Mosse: "E. Nolte on three faces of Fascism", en Journal of History of the Ideas, Dec. 1966, v. XXVII, No. 4, p. 263.
[10] E. Weber: Varieties of Fascism, New Jersey, 1964, pp. 139, 24-29, 38-40, 40-42
[11] Payne, op.cit., p. 23.
[12] Renzo De Felice: Entrevista sobre el fascismo, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1979, p. 102.
[13] Op.cit., p. 178-179.
[14] Francis L. Carsten: La Ascensión de Fascismo, Seix Barral, Barcelona, 1971, p. 319.
[15] Op.cit., p. 209
[16] Cf. Góngora: Ensayo histórico sobre la noción de Estado er Chile en los siglos XIX y XX, Ed. La Ciudad, Santiago,
1980.
[17] Gemeinschaft (comunidad) y Gesellschaft (sociedad), en 1a terminología de Ferdinand Tönnies (Comunidad y Sociedad, Bs Aires, 1942)
[18] E. Frei/A. Edwards: Historia de los partida políticos chilenos, Ed. del Pacífico, Santiago. 1949, pp. 240-41.
[19] Raúl Ampuero: La izquierda en punto muerto, Ed. Orbe, Santiago 1969. Como una excepción a lo dicho, entre los que salieron de aquella juventud católica puede mencionarse al sindicalista Clotario Blest.
[20] Respectivamente: Sergio Recabarren, Mensaje Vigente, Santiago, 1964 ,p. 101-102; Fernando Silva, Historia de Chile, Ed. Universitaria, Santiago,1974, t. IV,p. 936; Frederick Pike, Chile and the United States 1880-1962, University of Notre Dame, 1963 p.206.
[21] Cf. el diario nacista Trabajo del 5 de Septiembre de 1939. Ver también los "Cuadernos Históricos" de la revista Qué Pasa, Santiago, Nos. 116-121, Julio-Agosto 1973.
[22] Recabarren, ibidem. Carlos Keller, segundo hombre y doctrinario del nacismo, sostenía la tesis de la locura, alusivamente en su novela La Locura de Juan Bernales (1949), pero directamente en la reedición de la misma (Ed. Jerónimo de Vivar, San Felipe, 1974).
[23] Miguel Serrano, en un coloquio del Centro de Estudios por una Alternativa Iberoamericana, de Santiago, en seprtiembre de 1980.

*(1987, NdlR.)

¡No a las Guerras por Israel y Siria en Irán!



Por David Duke

sábado, 31 de agosto de 2013

El Sindicalismo Revolucionario




Por Georges Sorel


Me he preguntado con frecuencia si no debía insistir en las cuestiones que había tratado, de una manera demasiado breve o demasiado superficial, en el Porvenir socialista de los Sindicatos -aprovechándome de las experiencias ocurridas desde 1897 y de los conocimientos más extensos que he adquirido de los principios del socialismo, -para dar una exposición más clara, metódica y profunda del movimiento sindical. Siempre me ha detenido la extraordinaria amplitud de los problemas que se me presentaban, cuando me ponía a reflexionar sobre estas cosas; por otra parte, estos últimos años han sido singularmente ricos en hechos imprevistos, que han venido a hacer vanas las síntesis que parecían mejor establecidas. Cuando se cree haber hallado un sistema que abarca convenientemente las comprobaciones que se juzgan más importantes, un estudio más detallado o un incidente fuerzan a abandonar todo.

No estamos aquí en presencia de fenómenos pertenecientes a géneros clásicos, de fenómenos que todo trabajador serio pueda vanagloriarse de poder observar correctamente, definir con exactitud, explicar de manera satisfactoria, utilizando principios aceptados en la ciencia. Los principios faltan aquí en absoluto; es, por lo tanto, imposible llegar a describir con precisión y claridad; a veces, hasta hay que temer un excesivo rigor de lenguaje, porque estaría en contradicción con el carácter fluente de la realidad y ese lenguaje engañaría. Debe procederse por tanteos, probar hipótesis verosímiles y parciales, contentarse con aproximaciones provisionales, para dejar siempre la puerta abierta a correcciones progresivas.

Esta impotencia relativa debe parecer muy despreciable a los grandes señores de la sociología, que fabrican, sin el menor cansancio, vastas síntesis que abarcan una seudohistoria del pasado y un futuro quimérico; pero el socialismo es más modesto que la sociología.

Mi folleto es uno de estos tanteos. Cuando lo escribí, en 1897, estaba muy lejos de saber todo lo que sé hoy; por lo demás, me proponía un fin bastante restringido: llamar la atención de los socialistas sobre el gran papel que podían estar llamados a desempeñar los sindicatos en el mundo moderno. Veía que había muchos prejuicios contra el movimiento sindical y creía que este estudio contribuiría a disipar algunos; para conseguir mi fin, debía tocar muchas cuestiones más que profundizar ninguna.

En aquella época, la idea de la huelga general era odiosa para la mayor parte de los jefes socialistas franceses, y yo creí prudente suprimir un capítulo que había consagrado a mostrar la importancia de esta concepción. Desde entonces, han ocurrido grandes cambios: en 1900, cuando reedité mi artículo, la huelga general ya no era considerada como una simple insania anarquista; hoy es sostenida por el grupo del Mouvement Socialiste. Más de una vez, Jaurés ha dado a entender que era partidario de este modo de concebir la revolución[1]; esto ha sucedido cuando ha necesitado el apoyo de los sindicalistas, pero luego ha rechazado esa utopía, que no conviene a los ricos accionistas de su periódico, a los dreyfusistas de la Bolsa ni a las condesas socialistas. Lo que debe atraer nuestra atención es que Lagardelle y Berth, a quienes nadie, en el mundo socialista, gana en talento, en saber y en abnegación, han llegado, mediante la observación y la reflexión, a defender la huelga general; gracias a esto, se han convertido en Francia en los representantes más autorizados del sindicalismo revolucionario.
Quizá no está lejano el momento en que no se encuentre mejor medio de definir el socialismo que por la huelga general; entonces se verá claramente que todo estudio socialista debe hacerse sobre las direcciones y cualidades del movimiento sindical.

En la tesis de la huelga general hay que señalar tres propiedades importantes:

1º.   En primer lugar, expresa de un modo infinitamente claro, que el tiempo de las revoluciones políticas ha terminado, y que el proletariado se niega a dejar constituir nuevas jerarquías. Esta fórmula no sabe nada de los derechos del hombre, de la justicia absoluta, de las constituciones políticas y de los parlamentos; no niega pura y simplemente el gobierno de la burguesía capitalista, sino también toda jerarquía más o menos análoga a la burguesía. Los partidarios de la huelga general aspiran a hacer desaparecer todo lo que había preocupado a los antiguos liberales: la elocuencia de los tribunos, el manejo de la opinión pública, las combinaciones de partidos políticos. Esto sería, desde luego, el mundo al revés; pero ¿no ha afirmado el socialismo que quería crear una sociedad enteramente nueva? Más de un escritor socialista, demasiado alimentado por las tradiciones de la burguesía, no llega, sin embargo, a comprender tal locura anarquista; se pregunta lo que podría venir después de la huelga general: sólo sería posible una sociedad organizada conforme al plan mismo de la producción, es decir, la verdadera sociedad socialista.

2º.  Kautsky afirma que el capitalismo no puede ser abolido fragmentariamente y que el socialismo no puede realizarse por etapas. Esta tesis es ininteligible cuando se practica el socialismo parlamentario: cuando un partido entra en una asamblea de deliberación, es con la esperanza de obtener concesiones de sus adversarios; y la experiencia muestra que, en efecto, las obtiene. Toda política electoral es evolucionista, aun admitiendo que muchas veces no obliga a transigir sobre el principio de la lucha de clases. La huelga general es una manera de expresar la tesis de Kautsky de un modo concreto; hasta ahora, no se ha dado ninguna fórmula que pueda llenar el mismo oficio.

3º.  La huelga general no ha nacido de reflexiones profundas sobre la filosofía de la historia; ha surgido de la práctica. Las huelgas no serían más que incidentes económicos de una importancia social mínima, si los revolucionarios no interviniesen para cambiar su carácter y convertirlas en episodios de la lucha social. Toda huelga, por local que sea, es una escaramuza en la gran batalla que se llama la huelga general. Las asociaciones de ideas son aquí tan simples que basta indicárselas a los obreros en huelga para hacer de ellos socialistas. Mantener la idea de guerra, hoy que tantos esfuerzos se hacen para oponer al socialismo la paz social, parece más necesario que nunca.

Los escritores burgueses, acostumbrados a catalogar las escuelas filosóficas y religiosas por medio de algunas fórmulas breves, conceden una importancia mayor a los axiomas que se leen a la cabeza de los programas socialistas. Con frecuencia han pensado que, criticando estas oscuras declaraciones y demostrando que están vacías de sentido reducirían el socialismo a la nada. La experiencia ha mostrado que tal método no conduce a nada y que el socialismo es independiente de los supuestos principios defendidos por sus teóricos oficiales. Yo compararía a éstos con los teólogos. Un sabio católico, Eduard Le Roy, se pregunta si los dogmas de su religión suministran algún conocimiento positivo sobre algo[2]; promulgados para condenar determinadas herejías, parece que se habría conseguido mucha más claridad si se hubiesen limitado a simples negaciones. Los Congresos socialistas, asimismo, harían bien en decir que rechazan ciertas tendencias que se manifiestan en los partidos; si adoptan otro sistema, es porque sus axiomas son de tal modo vagos que puede aceptarlos todo el mundo.

Se afirma con frecuencia que es menester organizar al proletariado en el terreno político y económico para conquistar el poder, con objeto de reemplazar la sociedad capitalista por una sociedad comunista o colectivista, He aquí una fórmula magnífica y misteriosa que puede entenderse de muchas maneras; pero la más sencilla de todas las interpretaciones es la siguiente: provocar la formación de asociaciones obreras, propias para crear la agitación contra los patronos; hacerse el abogado de los obreros cuando están en huelga y pesar sobre las administraciones públicas para que intervengan en favor de los trabajadores; hacerse nombrar diputado con el apoyo de los sindicalistas[3], y usar de su influencia, bien para que obtengan algunas ventajas los electores obreros, bien para que se den puestos a algunos hombres influyentes del mundo trabajador[4]; en fin, lanzar de vez en cuando algún discurso resonante sobre las bellezas de la sociedad futura. Esta política está al alcance de todos los ambiciosos, y no exige que se entienda nada de socialismo para practicarla: es la de Augagneur y demás diputados socialistas que no han querido seguir en el partido socialista.

En mi opinión, no debe concederse la menor importancia a toda esta literatura. Los jefes oficiales del partido socialista se parecen, con harta frecuencia, a marinos de agua dulce a quienes el azar hubiese lanzado al gran mar y que navegasen sin saber hallar su camino en un mapa, reconocer las señales y tomar precauciones contra las tempestades. Mientras estos presuntos jefes meditan sobre la redacción de axiomas nuevos, acumulan vanidad sobre vanidad, y creen imponer su pensamiento al movimiento proletario, se encuentran sorprendidos por acontecimientos que todo el mundo espera, fuera de sus conciliábulos de sabios, y quedan estupefactos ante el menor incidente parlamentario[5].

Al mismo tiempo que los teóricos oficiales del socialismo se mostraban tan impotentes, unos hombres ardientes, animados de un sentimiento de libertad, de vigor prodigioso, tan ricos en amor al proletariado como pobres en fórmulas escolásticas, y que sacaron de la práctica de las huelgas una concepción clarísima de la lucha de clases, lanzaban el socialismo por la nueva vía que empieza a recorrer hoy[6].

El sindicalismo revolucionario turba las concepciones que se habían elaborado maduramente en el silencio del gabinete; marcha, en efecto, al azar de las circunstancias, sin cuidarse de someterse a una dogmática y dirigiendo más de una vez sus fuerzas por caminos que condenan los sabios. ¡Espectáculo desalentador para las almas nobles que creen en la soberanía de la ciencia en el orden moderno, que esperan la revolución de un vigoroso esfuerzo del pensamiento, y se imaginan que la idea dirige el mundo desde que éste se ha librado del oscurantismo clerical!

Es muy probable que se hayan perdido muchas fuerzas a consecuencia de esta táctica que, según ciertos intelectuales, merece el nombre de bárbara; pero también se ha producido mucho trabajo útil. Según prueba la experiencia superabundantemente, la revolución no posee el secreto del porvenir y procede como el capitalismo, precipitándose por todas las salidas que se le ofrecen.

El capitalismo no ha salido malparado de lo que se ha llamado su ceguera y su locura: si la burguesía hubiese escuchado a los hombres prácticos, sabios y morales, se habría horrorizado ante el desorden que creaba con su actividad industrial, habría pedido al Estado que ejerciese un poder moderador y habría seguido por una senda conservadora. Marx describe en términos magníficos la obra prodigiosa que ha sido realizada sin plan, sin jefe y sin razón: Como nadie lo había hecho antes que ella, ha mostrado de qué es capaz la debilidad humana. Ha creado otras maravillas que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas: ha realizado otras campañas que invasiones y cruzadas[7].

La burguesía ha actuado revolucionariamente y contra todas las ideas que los sociólogos se forman de una actividad potente y capaz de alcanzar grandes resultados. La revolución se ha fundado en la transformación de los instrumentos de producción, hecha al azar de las iniciativas individuales; pudiera decirse que ha obrado según un modo materialista, ya que nunca la ha guiado la idea de los medios a emplear para conseguir la grandeza de una clase o un país. ¿Por qué no podría seguir el mismo camino el proletariado y marchar hacia adelante sin imponer ningún plan ideal? Los capitalistas, en su furor innovador, no se ocupaban lo más mínimo de los intereses generales de su clase o su patria; cada uno de ellos consideraba únicamente el mayor beneficio inmediato. ¿Por qué los sindicatos han de subordinar sus reivindicaciones a altos intereses de economía nacional y no se han de aprovechar todo lo posible de sus ventajas cuando las circunstancias les son favorables? El poder y la riqueza de la burguesía se basaban en la autonomía de los directores de empresa. ¿Por qué no se ha de basar la fuerza revolucionaria del proletariado en la autonomía de las rebeliones obreras?

En efecto, el sindicalismo revolucionario concibe su papel de esta manera materialista, calcada en cierto modo sobre la práctica del capitalismo. Saca partido de la lucha de clases, como el capitalismo lo había sacado de la concurrencia, empujado por un vigoroso instinto de producir una acción mayor de lo que permiten las condiciones materiales. Los individuos que se precian de conocer la ciencia social y la filosofía de la historia, se muestran muy desconfiados al ver manifestarse instintos tan indisciplinados; se preguntan, con una inquietud a veces cómica, adónde conducirá semejante barbarie; se preocupan de prever las reglas que el proletariado deberá adoptar cuando las fuerzas difusas de la revolución se concentren, se organicen y tengan necesidad de órganos reguladores. Hay en toda esta actitud de los doctos infinita ignorancia.

No he de recordar a los compatriotas de Vico lo que este gran genio ha escrito sobre las condiciones en medio de las cuales se producen los ricorsi, estos sobrevienen cuando el alma popular vuelve a estados primitivos; cuando todo es instructivo, creador y poético en la humanidad. Vico encontraba en la Edad Media la ilustración más firme de su teoría; los comienzos del Cristianismo serían incomprensibles si no se supusiese, en los discípulos entusiastas, un estado análogo al de las civilizaciones arcaicas. El socialismo no puede aspirar a renovar el mundo si no se forma de la misma manera.

No nos asombra, pues, ver a las teorías socialistas caer unas después de otras, mostrarse tan débiles cuando el movimiento proletario es tan fuerte; entre ambas cosas no hay más que un lazo artificial. Las teorías han nacido de la reflexión burguesa[8]; se presentan, por lo demás, como perfeccionamientos de filosofías éticas o históricas, elaboradas en una sociedad que ha llegado, desde hace mucho, a los grados más altos de intelectualismo; estas teorías nacen, pues, ya viejas y decrépitas. A veces dan la ilusión de una realidad que les falta, porque expresan con fortuna un sentimiento accidentalmente unido al movimiento obrero y se deshacen tan pronto como ese accidente desaparece. El sindicalismo revolucionario que no toma nada del pensamiento burgués, tiene, en cambio, el porvenir abierto ante sí.

El sindicalismo revolucionario encarna, a la hora presente, lo que hay en el marxismo de verdadero, de profundamente original, de superior a todas las fórmulas: a saber, que la lucha de clases es el alfa y omega del socialismo; que no es un concepto sociológico para uso de los sabios, sino el aspecto ideológico de una guerra social emprendida por el proletariado contra todos los jefes de industria; que el sindicato es el instrumento de la guerra social.

Con el tiempo, el socialismo sufrirá la evolución que le imponen las leyes de Vico: deberá elevarse por encima del instinto y hasta puede decirse que esto ha comenzado ya; el marxismo rejuvenecido y profundo que defienden en Francia Lagardelle y Berth, en Italia valerosos escritores, en medio de los cuales brilla Arturo Labriola, es ya el producto de tal evolución. La sabiduría y profunda inteligencia de estos jóvenes marxistas, se manifiestan en que no pretenden anticiparse al curso de la historia y tratan de comprender las cosas a medida que se producen.
Yo quisiera llamar ahora muy brevemente la atención sobre algunas de las dificultades más graves que presenta el sindicalismo revolucionario.

a)      Hemos partido de la idea de que el sindicalismo persigue una guerra social, pero se nos objeta que la guerra no puede ser considerada, a la hora presente, como el régimen normal de los pueblos civilizados; la guerra no es más que un incidente y todos los esfuerzos de la gente razonable tienden a hacer este incidente más caro y menos temible. ¿Por qué no introducir la acción diplomática en la guerra social, para conseguir la paz? Hay una gran diferencia entre la guerra de los Estados y la de las clases. Ninguna potencia aspira ya a la monarquía universal, todas fundan su política en un ideal de equilibrio; de este modo, los conflictos se hacen muy limitados y la paz puede resultar de concesiones recíprocas. El proletariado, en cambio, persigue la ruina completa de sus adversarios y determina la noción de equilibrio por la propaganda socialista; las huelgas no pueden originar una verdadera paz social.

Cuando los sindicatos se hacen muy grandes, les ocurre lo mismo que a los Estados: los estragos de la guerra son entonces enormes, y los directores vacilan en lanzarse a aventuras. Muchas veces los defensores de la paz social han confesado que desearían que las organizaciones obreras fuesen muy poderosas para que de este modo estuvieran condenadas a la prudencia. Así como entre los Estados estallan a veces guerras de tarifas, que terminan por lo general en tratados de comercio, del mismo modo, el establecimiento de acuerdos entre grandes federaciones patronales y obreras, podría poner término a los conflictos sin cesar renacientes. Estos acuerdos, como los tratados de comercio, tenderían a la prosperidad común de los dos grupos, sacrificando algunos intereses locales. Al mismo tiempo que se hacen prudentes, las federaciones obreras grandes llegan a considerar las ventajas que les procura la prosperidad de los patronos y a tener en cuenta los intereses nacionales. El proletariado se ve así arrastrado a una esfera extraña a él, se transforma en el colaborador del capitalismo; la paz social parece próxima a convertirse en el régimen normal. El Sindicalismo revolucionario conoce esta situación tan bien como los pacificadores y teme las centralizaciones fuertes; actuando de una manera difusa, puede mantener en todas partes la agitación huelguística: las guerras largas han engendrado o desarrollado la idea de patria; la huelga local y frecuente no cesa de rejuvenecer la idea socialista en el proletariado, de fortalecer los sentimientos de heroísmo, de sacrificio y de unión, y de mantener siempre viva la esperanza de la revolución.

b)      Se ha hecho observar que las antiguas revoluciones no han sido pura y simplemente guerras, sino que han servido para imponer sistemas jurídicos nuevos. ¿A qué puede tender la nueva revolución social?
Ya he dicho que las fórmulas teóricas oficiales del socialismo son muy poco satisfactorias; mas si se parte de la idea sindicalista, se ve uno naturalmente conducido a considerar la sociedad bajo un aspecto económico: todas las cosas deben reducirse al plano de un taller que marcha con orden, sin perder el tiempo y sin dejarse guiar por el capricho.

Si el socialismo aspira a transportar a la sociedad el régimen del taller, nunca se concederá bastante importancia a los progresos que se hacen en la disciplina del trabajo, en la organización de los esfuerzos colectivos, en el funcionamiento de las direcciones técnicas. En las buenas costumbres del taller está evidentemente la fuente de donde saldrá el derecho futuro; el socialismo heredera no sólo los instrumentos que hayan sido creados por el capitalismo y la ciencia que haya nacido del desarrollo técnico, sino también los procedimientos de cooperación que a la larga se habrán constituido en las fábricas, para sacar el mejor partido posible del tiempo, de las fuerzas y aptitudes de los hombres. Estimo, en consecuencia, muy lamentables ciertos consejos que se han dado, más de una vez, a los obreros para desperdiciar el trabajo; el sabotaje es un procedimiento del antiguo régimen y no tiende en modo alguno a orientar a los trabajadores en el camino de la emancipación. En el espíritu popular quedan aún numerosas supervivencias lamentables de este género, que el socialismo debía hacer desaparecer.

c)       Es evidente que en una sociedad las relaciones de los hombres no pueden estar reguladas únicamente por la guerra; en nuestros países democráticos, sobre todo, infinitas complicaciones hacen imposible mantener el estado de guerra en todos los dominios. Examinemos sumariamente los principales terrenos en los cuales se efectúa la unión:

1º.    Cuando se habla de la democracia, hay que preocuparse menos de las constituciones políticas que de lo que ocurre en las masas populares: la difusión de la prensa, la pasión con que el público se interesa por los acontecimientos y la influencia que la opinión pública ejerce sobre los gobiernos; he aquí lo que debemos tener en consideración. Todo lo demás, es secundario o no sirve sino de auxiliar a esta organización de la voluntad general. La experiencia enseña que la clase obrera no es la menos ardiente en tomar partido sobre cuestiones que no tienen ninguna relación con sus intereses de clase: leyes que tocan a las libertades, resistencia que determinadas Ligas oponen a los abusos, política exterior, anticlericalismo. Ha podido, pues, decirse que la democracia borra las clases. Más de una vez, los jefes de los partidos socialistas han tratado de encerrar al proletariado en el círculo de un magnífico aislamiento; pero las tropas no han seguido mucho tiempo a sus jefes. Las más sabias proclamas sobre el deber de los trabajadores resultan letra muerta cuando la emoción es demasiado viva. El asunto Dreyfus es bastante reciente para que sea necesario insistir.

2º.   Los Parlamentos no cesan de hacer leyes para la protección de los trabajadores; los socialistas se esfuerzan por conseguir que los tribunales inclinen su jurisprudencia en un sentido favorable a los obreros; la prensa socialista trata en todo momento de conmover a la opinión burguesa, apelando a los sentimientos de bondad, de humanidad, de solidaridad; es decir, a la moral burguesa. Los antiguos utopistas que esperaban una reforma social de la benevolencia o de las luces de los capitalistas mejor informados, han sido motivo de befa; y hoy parece que el socialismo recobra la vieja rutina y que solicita la protección de la clase que, con arreglo a su teoría, es la enemiga irreconciliable del proletariado. Los radicales hacen avances en el sentido de la legislación social, con la esperanza de que desaparezcan ciertos estados agudos que constituyen, en su opinión, la única razón de ser del socialismo. Los católicos sociales siguen el mismo camino, porque exigen de los ricos el cumplimiento del deber social.

Los socialistas no se han dado aún exacta cuenta de lo que produce esta política[9]: no parece dudoso que haya tenido por consecuencia desarrollar el espíritu pequeño-burgués en muchos hombres elevados a puestos de responsabilidad por la confianza de sus compañeros.

3º.   El proletariado moderno está sediento de instrucción. La Iglesia ha creído que podría conquistar una gran influencia sobre su espíritu mediante la escuela; el Estado, en Francia, le disputa a la Iglesia con encarnizamiento la clientela obrera. Empero, se tendría una idea muy inexacta de la influencia ideológica de la burguesía, si nos atuviésemos a las estadísticas escolares; el proletariado está bajo la dirección de una ideología extraña, gracias al libro sobre todo. Muchas veces se ha deplorado que no haya una buena literatura socialista; pero en Francia, por lo menos, esta literatura es prodigiosamente débil y la gran prensa socialista está en manos de burgueses que hablan sin pies ni cabeza de todas las cosas que ignoran.

Cuando se reflexiona sobre estos hechos, se ve uno obligado a reconocer que la fusión de las clases sociales por los católicos sociales y los radicales, no es quizá una quimera tan absurda como pudiera pensarse de primera intención: no sería imposible que el socialismo desapareciese por un fortalecimiento de la democracia, si el sindicalismo no estuviera ahí para oponerse a la paz social. La experiencia porque acabamos de pasar en Francia de gobiernos deseosos de dar amplias satisfacciones a la clase obrera, no es bastante para hacer pensar que estas tentativas, por hábiles y audaces que sean, puedan vencer las dificultades que el sindicalismo revolucionario opone a la paz social; a medida que la democracia avanza, los sindicalistas han alzado el tono de la lucha y el resultado más seguro de esta experiencia parece ser el siguiente: que el instinto de guerra se ha fortalecido en la misma proporción en que la burguesía ha hecho concesiones en vista de la paz.

En mi estudio de 1897 había examinado el sindicalismo de un modo abstracto; quería en aquella época mostrar la gran variedad de recursos que contiene. Mas para estudiar a fondo el sindicalismo revolucionario actual, habría que limitarse a examinar lo que ocurre en un solo país. Las tradiciones nacionales constituyen un elemento considerable en la organización obrera y esta verdad, que nunca se repetirá bastante, aparece aquí con una claridad particular.

No sé si me engaño, pero se me antoja que Italia ofrece un terreno singularmente favorable a la extensión del nuevo socialismo. Posee hoy algunos de los mejores representantes de la doctrina revolucionaria, quizá los que a la hora presente la defienden con mayor autoridad; tiene órganos concebidos con un espíritu excelente, desde el punto de vista socialista, como la Avanguardia y el Divenire. Sería interesante indagar si toda la historia italiana no es el soporte de este movimiento.

El instinto de revolución total es antiguo en Italia y ha podido adoptar aspectos muy distintos; hoy, presta a la idea de huelga general una popularidad que no tiene en los demás países. El espíritu local permanece vivo, y el sindicalismo, por consiguiente, tal vez no está tan amenazado por el burguesismo de las grandes Federaciones como en Francia. La lucha de clases pudiera muy bien tomar en Italia sus formas más espléndidas, y el progreso del sindicalismo italiano deberá ser seguido con atención por todos los socialistas.






[1] En el Congreso de París, en 1900, había votado en favor de la moción favorable a la huelga general, según el informe analítico oficial; pero, según la copia estenográfica, se habría abstenido.
[2] Eduard Le Roy: Qu'est-ce qu'un dogme? pp. 17-18. I (Tomado de la Quinzaine del 15 de Abril de 1906).
[3] En el Socialiste del 14 de septiembre de 1902, se quejan de que el secretario del sindicato ferroviario y los individuos más sobresalientes de esta asociación hayan trabajado, durante las elecciones, por los candidatos gubernamentales.
[4] En el Socialiste del 24 de febrero de 1901, se ve que el secretario de la Bolsa de Trabajo de Limoges, ha sido nombrado, gracias a la protección de Millerand, para un empleo de 5700 francos por año.
[5] Nada iguala la ingenuidad de nuestros socialistas imaginándose que Millerand no aceptaría una cartera ministerial, sino después de la revolución social, cuando todo el mundo, en la Cámara, sabía que corría tras de un ministerio.
[6] A este renacimiento del socialismo estará ligado, en Francia, el nombre de Fernand Pelloutier, que ha tomado una parte tan activa en la organización de las Bolsas del Trabajo, y que ha muerto antes de haber visto el resultado de la obra a que se había consagrado en cuerpo y alma.
Para muchos socialistas oficiales, Pelloutier fue solamente un oscuro periodista; ¡de tal modo ignoran la verdad sobre el movimiento obrero! El pobre y abnegado servidor del proletariado murió en un estado de miseria en 1901.
[7] Manifiesto comunista.
[8] Exceptúo aquí qué hay de esencial en el marxismo.
[9] Generalmente, los socialistas llaman a la legislación social derecho obrero; error análogo a aquél en que habrían incurrido los autores antiguos si hubiesen llamado derecho burgués al conjunto de reglas relativas a las relaciones que existían entre los señores feudales y los campesinos; la legislación social está fundada en la noción de sangre. Debería llamarse derecho obrero a las reglas que se refieren a todo el cuerpo de trabajadores, y que pueden, perfeccionándose, convertirse en el derecho futuro.