martes, 11 de septiembre de 2012

Pinochet y el paso del tiempo





Por José Miguel Serrano

Muchos historiadores, o al menos escritores sobre asuntos históricos, creen necesario aplicar juicios morales a la historia y distribuyen su elogio o reprobación con la solemne complacencia de un maestro de escuela primaria. Este es, sin embargo, un método necio, lo cual viene a demostrar que el instinto moralista puede ser llevado a unos niveles tan elevados de perfección, que hace su aparición cuando menos es requerido. 

Ninguna persona con verdadero sentido histórico se atrevería a reprobar a Julio César, regañar a Gengis Khan, o censurar a César Borgia. Esos personajes son como los intérpretes de una representación. Pueden llenarnos de admiración, terror o disgusto, pero no pueden hacernos daño. No están directamente relacionados con nosotros y por lo tanto no tenemos nada que temer de ellos. Han pasado a la esfera del arte, de la ciencia, o incluso de la literatura, y ni el arte ni la ciencia tienen como única meta la aprobación o desaprobación moral.

Así puede suceder algún día con Augusto Pinochet Ugarte, esa figura omnipresente de nuestra historia reciente. Por el momento, siento que él es demasiado actual para ser tratado con ese fino espíritu de curiosidad desinteresada, al que debemos tantos estudios de algunas controvertidas figuras del Renacimiento italiano, o incluso de la Antigüedad. Tendrá que pasar mucha “agua debajo del puente” antes de que un escritor - quizás del género dramático -, se atreva a rendirle una tangible consideración a quien fuera tan poderoso actor del acontecer nacional. Algo de esto, aunque de manera tangencial, ha ocurrido con las recientes declaraciones de don Patricio Aylwin sobre Pinochet y su rol en el acontecer nacional.

Ser inspirador para un drama podría considerarse, de alguna manera, mucho más importante que una simple realidad. Para comprobar esto, bastaría estudiar ciertos personajes históricos de Shakespeare, como el usurpador Ricardo III, quien bajo la pluma del genial autor británico se transforma en un individuo tremendamente vigoroso, aunque poco sutil. Es famosa la exclamación shakesperiana de Ricardo, que busca una nueva cabalgadura al final de la batalla de Bosworth en 1485, poco antes de su muerte: “Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”. Todo, con tal de aferrarse al poder.

Indudablemente, las heridas en Chile son recientes y obnubilan la visión. Mucho de esto también se dio con Bernardo O’Higgins, quien había despertado grandes odiosidades durante su gobierno autoritario, las que tardaron más de medio siglo en atenuarse y desaparecer después de su abdicación, en 1823. Pero ni O’Higgins, ni Pinochet, retuvieron el poder hasta la muerte.

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